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El camino hasta aquí no ha sido fácil, ya te lo adelanto ahora…

Hola. Me llamo Maribel Contreras. Nací y crecí en la provincia de Barcelona, en una familia humilde con una fuerte tradición trabajadora. Y, como cualquier hijo de vecino, quise seguir sus pasos, pero, a diferencia de ellos, estudié y me formé para acceder al mundo laboral con una mejor preparación. Pero la vida soñada no llegó para mí, al menos no de la manera que uno pueda esperar: mi único hermano murió a los 23 años en un trágico accidente de tráfico, poco después de que yo cumpliera los 18. ¡Fue terrible! Por lo que mis padres decidieron pasar página dejándolo todo atrás y empezando de nuevo en una zona más tranquila: Lleida. Eso para mí fue verdaderamente un antes y un después. En un mundo en el que internet todavía no tenía presencia en todas las casas me costó mucho mantener las amistades de toda la vida, los estudios dejaron de ser importantes y el entorno pasó de ser urbano a ser rural, con todo lo que ello conlleva. Un cambio muy grande para una niña que estaba definiéndose como persona adulta. Tal vez por eso hice las cosas al revés, tal vez simplemente fuese mi destino; no lo sé. Y digo «al revés» porque no seguí la misma secuencia  de sucesos que la mayoría de mujeres de mi generación: estudiar, trabajar, formar una familia, etc. Yo primero dejé de estudiar, después me di cuenta de que fue un error, más tarde conocí a quien es hoy mi marido, formamos una familia y mientras tanto yo seguía alternando estudios y trabajos. Pero sin rumbo, sin objetivos, sin disfrutar del camino.

Finalmente, 11 años después de la edad promedio, pude acceder a la universidad (con mis tres hijas ya en casa). Fue entonces cuando me pude formar como lingüista. Además, fui de las afortunadas que encontró trabajo de mi sector en cuanto acabé la carrera. Fue una gran suerte porque en ese momento había una crisis económica muy importante en España, pero también fue el momento en el que me di de bruces con la realidad: me di cuenta de que había estado casi 15 años vagando sin rumbo y ya me había cansado de trabajar en sitios en los que no me sentía realizada.

¿Por qué tenía que conformarme con un trabajo que me hacía sentir triste? ¿Por qué tenía que estar deprimida y sin ganas de disfrutar del resto de elementos que conformaban mi vida? ¿Por qué tenía que ir de mal humor al trabajo y hacer las cosas de cualquier manera? ¿Por qué todo se redujo a cumplir para cobrar? ¿Por qué tenía que estar desperdiciando mi tiempo en algo así?

Dudas como estas me asaltaban continuamente, me planteaba cuál era el propósito de seguir una vida así, que consideraba vacía, y si estaba dispuesta a sacrificarlo todo por una simple nómina. Os aseguro que una casa de 5 miembros con un sueldo mileurista necesitaba un segundo ingreso como agua de mayo, pero ni mi marido ni yo estábamos dispuestos a renunciar a nuestra felicidad por ello. Bien pensado, ¿por qué teníamos que renunciar a nada de eso? ¿No te parece antinatural?

Necesitaba un cambio de rumbo urgentemente, así que decidí volver a estudiar y me formé en Comunicación Corporativa especializándome en Comunicación Interna. ¿Por qué este campo en concreto? Porque considero que hoy en día podemos acceder a millones de perfiles profesionales y que todos podemos encontrar nuestro lugar en el mundo laboral, el puesto de trabajo que nos guste, que nos haga sentir cómodos, que nos permita crecer, que nos haga felices y con el que nos sintamos realizados al final del día.

Si no encontraba mi lugar en el mundo, tal vez fuese porque debía crearlo yo misma. Sin embargo, cambiar la mentalidad de alguien que había pasado toda su vida preparándose para trabajar para otra persona no ha sido nada fácil. Emprender puede que haya sido el ejercicio mental más importante que haya hecho en toda mi vida, pero también la mejor decisión que podía haber tomado. Así fue como nació la idea y poco después el proyecto: INTRAcomunica.

Hoy disfruto de mi trabajo, proporciono empleo a más personas, ayudo a empresas y empresarios a mejorar los procesos comunicativos internos de sus empresas y entre todos las transformamos en lugares con un clima sano, sitios a los que la gente acude con una energía positiva y dispuesta a hacer algo más que trabajar 8 horas e irse para casa. Y eso se nota y se valora muchísimo a nivel externo.

Mi misión es abrir la mente de personas con potencial escondido, pulir diamantes en bruto para que puedan brillar e iluminar a los que les rodean.

Un buen líder sabe apreciar la calidad del trabajo y sabe que la actitud de sus trabajadores es lo que realmente marcará la diferencia con sus competidores y le hará ganar dinero de verdad. A ver, ¿cuál es el perfil de empresario que no apostaría por un equipo cualificado y además motivado? Te aseguro que el que quiera un futuro estable para su empresa tarde o temprano tendrá que tener en cuenta estos aspectos. Yo apuesto por ello y creo firmemente que es el futuro del entorno empresarial, en el que las personas seguirán moviendo el mundo. ¿Y tú, qué tipo de empresa quieres liderar? ¿Qué clase de líder corporativo quieres ser?